Infinitas gracias doy al Cielo, hijo mio, de que antes y primero que yo me haya encontrado con esta buena dicha, te haya salido a ti a recibir y a encontrar la buena ventura.
Dispuesto, pues, el corazón a creer lo que voy a decirte, atento a este Catón, que quiere aconsejarte y ser norte y guía que te encamine y saque a seguro puerto de este mar proceloso donde vas a engolfarte; que los matrimoniamientos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones.Primeramente, hijo mio, has de temer a Dios y a tu mujer; porque en el temerles está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada.
Lo segundo has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo y estrujarte los sesos en tratar de conocer y entender a tu compañera, que, como mujer, el el más dificil conocimiento que puede imaginarse.
Mira, hijo: si tomas por medio a la virtud, y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que nacieron príncipes y señores; porque la sangre se hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale, por sí sola, lo que la sangre no vale.
Si estos preceptos y estas reglas sigues, hijo mio, serán luengos tus dias, tus premios colmados, vuestra felicidad indecible, vivireis en paz y beneplácito de las gentes, gozareis de una vejez suave y madura, y cerrarán vuestros ojos las tiernas y delicadas manos de los terceros netezuelos.
Porque nunca fuera caballero de dama tan bien servido......
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